El ataque de ansiedad y yo

¡Hola querido/a ansioso/a! ❤

En mi post anterior te hablé sobre los síntomas que surgen cuando sufres un ataque de ansiedad y hoy te quiero contar cuáles de esos síntomas he padecido yo cuando me ha dado la crisis.

Explicarte que siento en ese momento no es tarea fácil porque son muchas cosas las que pasan al mismo tiempo y en cuestión de segundos.

Lo primero de todo es ese pensamiento catastrofista que me sobreviene como una ola y que me arrastra sin tan siquiera darme tiempo a reaccionar. Acto seguido se me disparan los nervios y empiezo a notar un hormigueo que me recorre los brazos de arriba a abajo, seguido de escalofríos y sofocos. El corazón se me empieza a acelerar. La ansiedad siempre va a ir a atacarte la zona que tengas más sensible, en mi caso es el estómago seguido de los intestinos. Con lo que empiezo a notar un nudo en la boca del estómago, ardor y náuseas. Noto como se me revuelven las tripas. Aumenta esa “presión interna” que es lo que más nerviosa me pone y más miedo me da, ya que al sentir tantas cosas y a la vez pienso que algo va a “reventar”, cuando menos me lo espere, dentro de mí. Temblor por todo el cuerpo. Me bailan las piernas y la mandíbula parece que se me vaya a desencajar en cualquier momento. Y a todo esto le sumamos esa angustia e inquietud enormes que, como te comentaba el otro día en los síntomas, cuando ya te ha dado en contadas ocasiones y aunque sepas de qué va la película, siempre acojona el no saber hasta dónde puede llegar la ansiedad, cuál será su pico más alto y esto, al menos para mí, es realmente frustrante.

La última vez que tuve una crisis de esta índole fue en diciembre del 2011. Y la última de todas la tuve en mayo del año siguiente. Desde entonces lo que sí he tenido a menudo y sigo teniendo es lo que yo llamo “amago” de ataque de ansiedad y lo que algunos psicólogos denominan “mini ataque de ansiedad”.

¿En qué consiste exactamente? Pues en que notas los primeros síntomas, ese arranque, ese despertar de la ansiedad, como sucede siempre que te sobreviene, pero nunca suele pasar de ahí. Es como un subidón momentáneo y muy breve. Un amago.

Podrás pensar “¡qué suerte! Al menos no llega a darte el ataque en su totalidad”. A ver, sí, cierto, pero puestos a pedir preferiría que no me diera ni una cosa ni la otra. Lo que pasa que estos amagos, en mi caso, me dan más frecuentemente de lo que me solían dar las crisis completas. Y al tener agorafobia, como he de exponerme continuamente, pues raro es el día que no me llevo un “sustillo”. Es más. Te cuento otra cosa. La ansiedad me limita tanto que he llegado a sensibilizarme sobremanera, hasta el punto en el que todo me afecta. Y me afecta como cuatro veces más de lo que lo hacía antaño. Es una vivencia no muy agradable porque todo lo magnificas en exceso.

Por ejemplo, puedo echarme a llorar viendo una noticia trágica en Internet o viendo un anuncio que sea sensiblero. Cuando me resfrío los síntomas se acrecientan y me cuesta mucho más recuperarme. Y como estas otras muchas cosas más. Lo malo es que llega un momento en el que todo lo que notas en tu cuerpo lo ves como un detonante de la ansiedad. Me explico.

Como ya te dije en el pasado post, cuando sufres una crisis, ésta viene acompañada de una serie de síntomas que son la respuesta a la activación previa del proceso cerebral. Okay. ¿Qué pasa cuando no hay rastro de la ansiedad, pero tu cuerpo está teniendo una respuesta fisiológica? Esta respuesta fisiológica te puede estar dando por mil y un motivos. Te lo ilustro con un ejemplo.

Imagina que vienes de comprar y al llegar al portal de tu casa ves que el ascensor se ha estropeado. No te queda más remedio que subir por las escaleras y cargado/a cómo vas. Cuando llegas al rellano parece que el corazón se te va a salir del pecho, casi no puedes respirar, tienes calor, estás sudando, los brazos te tiemblan por el peso de las bolsas y las piernas te flaquean. Una persona que no sufre nuestro trastorno no le dará la más mínima importancia a lo que está sintiendo. Pero una persona que sí sufre de ataques de ansiedad constantes, en el momento que nota esta respuesta por parte de su cuerpo, su mente se puebla de pensamientos pesimistas y su amiga la ansiedad viene a saludarle.

Esto no quiere decir que ante una situación similar te vaya a pasar a ti, ya que al igual que los síntomas son variables en función de la persona que los padece, lo mismo pasa con las situaciones a las que nos exponemos. Es decir, la realización de toda actividad que conlleve, sobre todo, un esfuerzo por parte de nuestro organismo y que, en consecuencia, éste reaccione de manera natural, a mucha gente le puede hacer pensar que va a sufrir una crisis. Yo, dependiendo de la situación, del día, del clima, de mi estado anímico…también puede ocurrirme.

A mí lo que también me sucede y es lo que más limita mi vida es que si, por ejemplo, estoy con gastritis y me duele el estómago, ya pienso que a nada que haga me voy a poner peor, me entrará la crisis y sufriré náuseas, arcadas y/o un cólico. O si me encuentro débil porque llevo días comiendo lo justo por esta misma dolencia, tengo miedo de salir a la calle, que las piernas me flaqueen y me desmaye.

En resumen, que no siempre nos montamos la película pensando, primero, que algo malo nos va a pasar y después venga todo lo demás (o no. Que no tiene porque darte el ataque). Sino que en otras ocasiones, por experimentar las sensaciones fisiológicas que genera nuestro cuerpo frente a situaciones normales, ya nos pensamos que nos va a dar el yuyu y, de este modo, nos rendimos a ello.

Lo que termina pasando, básicamente, y con esto cierro la explicación de este post, es que creamos un mecanismo de aprendizaje el cual se produce cuando se comienzan a evitar situaciones que nos generan miedo (conducta evitativa). La agorafobia consiste precisamente en esto, en querer evitar a toda costa ese miedo producido por la respuesta fisiológica de nuestro cuerpo, el miedo de pensar en lo mal que lo pasamos cuando experimentamos esa respuesta y el miedo a la sensación de ansiedad en general.

Sea lo que fuere, intenta no frustrarte porque a veces uno ya tiende a pensar “¿me va a pasar algo más aparte de todo lo que ya me pasa con la dichosa ansiedad?”. No sirve de nada fustigarte. Reitero. Busca ayuda especializada, trabaja en ello concienzudamente, cárgate de buenas dosis de paciencia y ¡lo conseguirás! 😉

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Ansiedad. Cómo y dónde se origina y sus síntomas

¡Hola mi querido/a ansioso/a! ❤

Hoy quiero hablarte más detalladamente sobre cómo y dónde se origina la ansiedad y cuáles son los síntomas que la acompañan.

Pienso que es interesante saber cuál es el proceso de la misma para comprender un poco mejor de que manera actúa nuestro cuerpo y porqué.

Antes de nada quiero dejar claro que yo no soy ni psicóloga ni psiquiatra. Todo lo que aquí te explico está sacado de diversas fuentes, de todo lo que he leído durante estos años y de mi propia experiencia personal.

En psicología se suele emplear el ejemplo del león porque creo que es el más fácil de visualizar y comprender. Así que sin más preámbulos vamos con la explicación.

Imagina que vas tranquilamente caminando por la calle y de repente te das de bruces con un león. Te encuentras frente a una situación de peligro real donde este enorme felino es un estímulo que percibes a través de tus ojos. Esta imagen va a parar a tu cerebro, más concretamente a la amígdala cerebral, lugar donde se procesan y almacenan las reacciones emocionales. Automáticamente se pone en marcha el córtex prefrontal, que es la zona donde se coordinan los pensamientos. Y acto seguido la célula más primitiva del cerebro se acciona provocando la ansiedad, liberando en el organismo gran cantidad de adrenalina y noradrenalina. Mientras este proceso se lleva a cabo en el cerebro, al mismo tiempo, el corazón comienza a bombear sangre más rápidamente, la respiración se acelera y la musculatura se contrae, entre otras cosas. Y la suma de todo esto provoca como respuesta inmediata la lucha o huída frente a dicho estímulo.

Este sería el proceso habitual que llevaría a cabo nuestro organismo ante circunstancias de peligro reales.

Y bien, pero ¿qué pasa cuando nos topamos con una situación donde el estímulo que visualizamos es inexistente? ¿Dónde este estímulo, este león famélico, únicamente se halla en nuestra cabeza, en nuestros pensamientos?

Pues lo que pasa es que todo este proceso que te acabo de describir con anterioridad se genera con mayor facilidad, hace que se mantenga en el tiempo nuestra capacidad para responder, el miedo se apodera de nosotros y creemos fervientemente que algo malo nos va a ocurrir. Por consiguiente esto provoca que tengamos pánico a padecer otra crisis y es lo que termina desencadenando el trastorno de ansiedad generalizada.

Resumiéndolo muy brevemente, la ansiedad es ese susto que nos llevamos frente a la presencia de un peligro real e inminente y el trastorno de ansiedad generalizada es cuando ese susto y los síntomas que le acompañan perduran en el tiempo.

Y ahora, ¿qué es lo que le sucede a nuestro cuerpo en ese momento en el que la ansiedad comienza a apoderarse de nosotros?

Son diversos los síntomas y varían en función de la persona que está padeciendo la crisis. Son los siguientes:

  • Hiperventilación, ahogo, dolor u opresión en el pecho.
  • Frío/calor, sofocos, palpitaciones.
  • Mareo, vértigo, temblores.
  • Náuseas, dificultad para tragar, cólicos, diarrea.
  • Fatiga/cansancio, calambres, entumecimiento, debilidad.
  • Sensación de irrealidad, despersonalización.

Y con todo esto aparecen pensamientos catastrofistas, angustia, inquietud, miedo a perder el control o volverse loco y miedo a morir.

Pese a que la lista parece interminable, tranquilo/a, de verdad. Sé que cuando te sobreviene la crisis lo pasas tremendamente mal y piensas que no puede haber cosa peor sobre la faz de la tierra. Todo va a ir bien. Sé que me estoy metiendo en el topicazo de los psicólogos y psiquiatras, pero es que tienen razón cuando dicen que nada malo te va a suceder. ¿Qué lo pasas fatal durante un rato? Sí. Pero eso es todo. Hay que dejar que pase la tormenta para que después llegue la calma.

Lo único que te puedo decir y aconsejar es que no esperes más y busques la ayuda de un buen terapeuta cercano a ti, que te inspire confianza y con quien congenies. Ya que va a ser tu guía y él o ella te enseñarán a gestionar tu estrés y te alentaran a que trabajes diariamente en ti para que poco a poco, no recuperes tu vida anterior, sino ¡qué la mejores!

Mucho ánimo y ¡no tires la toalla! Tu estado actual solo es un aviso para que cambies tu estilo de vida. Esto último te lo argumentaré en un próximo post. Suerte 😉

TAG y agorafobia

El otro día te hablé sobre mi primera manifestación de ansiedad, pero si he de pararme a pensar en cual fue la primera crisis que tuve en toda regla, la verdad es que no la recuerdo.

Según leí meses atrás, la persona que sufre de  trastorno de ansiedad no sabe ubicar exactamente en el tiempo cuando padeció su primera crisis. Lo que a uno sí que se le graba a fuego en la mente son esos síntomas y esas sensaciones tan desagradables que van in crescendo y que te hacen pensar que algo está a punto de estallar dentro de ti.

Por si no sabes muy bien en qué consisten la ansiedad y la agorafobia voy a explicártelo muy brevemente. Para ello me voy a valer de un escrito del psicólogo y terapeuta familiar argentino, Bernardo Stamateas, quien en su libro Emociones tóxicas describe la ansiedad de la siguiente manera:

“La ansiedad es la emoción que aparece cuando sientes que se acerca una amenaza, cuando visualizas el futuro de una manera negativa y, en consecuencia, intentas prepararte para hacerle frente.

La ansiedad se apoderará primero de nuestra mente y luego de nuestro cuerpo. […] Como reacción normal nos permite afrontar una presión externa y se presenta acompañada de aquellos temores que todos tenemos y que nos preservan ante una amenaza o peligro. […]

Ahora, ¿qué nos sucede cuando pasamos de vivir un momento de ansiedad a vivir ansiosos? Alguien excesivamente ansioso ve cada situación nueva, cada cambio, cada desafío que le toca vivir, como una tortura y experimenta un gran sufrimiento interior. […] El problema surge cuando la ansiedad se convierte en un temor excesivo e irracional a situaciones que afrontamos diariamente. […] Esta emoción puede llevar al desánimo, a la tristeza e incluso a la depresión […].” [1]

Yo no hubiese podido explicarlo mejor, desde luego.

Por su parte, la agorafobia se define como el miedo a los espacios abiertos (agora=plaza y fobia=miedo). Personalmente y desde mi vasta experiencia lidiando con este mal, yo no la definiría de tal modo. Si tuviera que describirla diría que la agorafobia es el miedo al miedo. A continuación te pongo una pequeña explicación extraída de la Wikipedia y que detalla perfectamente lo que me pasa.

“El agorafóbico tiende a evitar situaciones potencialmente ansiógenas (que provocan angustia o ansiedad), como lo pueden ser salir de casa, usar transportes públicos, ir de compras, comer en restaurantes, entrar al cine, hacer deporte, viajar, estar en lugares públicos o áreas amplias, etc. Estas situaciones pueden representar un grave problema en la vida del agorafóbico, pudiendo llevar a la persona afectada a casi no salir de su casa con el fin de tratar de evitar la gran cantidad de ansiedad causada por el pánico.”

 Y para argumentarlo un poco más voy a ponerte de ejemplo mi caso.

Con el paso de los años he ido somatizando más y más la ansiedad hasta el punto de que, por un motivo u otro, siempre estoy enferma, siempre tengo alguna dolencia física. Todos estos males han terminado condicionando mi vida haciendo que ésta se vea muy limitada, retroalimentando mi ansiedad y mi agorafobia y viceversa.

¿Qué pasa entonces? Esto genera que yo tenga miedo a alejarme de mi casa porque pienso que si empeoro me sobrevendrá una crisis de pánico, comenzaré a ponerme peor, todo irá en aumento y me será imposible regresar a casa por mi propio pie. ¿Y si me veo en la obligación de pedir ayuda? ¿Qué pensaría la gente? ¡Me tomarían por loca!

Así que para evitar esta supuesta situación me quedo en casa y así no me pasará nada (conducta evitativa).

Siempre me digo que cuando esté mejor, saldré. Pero como esto es la pescadilla que se muerde la cola la mejora nunca termina de llegar.

Y, básicamente, en esto consisten el trastorno de ansiedad generalizada y la agorafobia.

Si bien es cierto, los síntomas y las sensaciones varían en función de la persona que los padece. Pero esto te lo cuento en mi próximo post 😉

 

[1] Emociones tóxicas, Ediciones B, S.A., 2012.

Mi primera vez

Todavía recuerdo, como si de ayer se tratase, la primera vez que la ansiedad se manifestó en mí. Lo expreso de esta manera porque lo que se entiende como ataque de ansiedad, propiamente dicho, no me sobrevendría hasta pasado un tiempo. Aunque si me paro a pensarlo detenidamente creo que la ansiedad lleva conviviendo conmigo más tiempo del que quisiera.

Cabe decir que soy nerviosa por naturaleza (se sobreentiende padeciendo de ansiedad xD), pero de manera interna, quiero decir, que soy de las que se tragan los nervios y luego éstos se quedan atascados entre el esófago y el estómago, para que nos entendamos. Y créeme, esto a largo plazo, es matador.

En mi época de instituto, creo que comenzó a pasarme con dieciséis años, me sonaban mucho las tripas y también tenía gases abdominales. Y te estarás preguntando “¿te peías en medio de la clase?”. Pues no. Pero la barriga me sonaba de tal manera que realmente parecía que lo estuviera haciendo. Era una situación extremadamente irracional y vergonzosa para mí.

Empezaron siendo simples rugidos de tripas (por hambre) y fue en aumento. Esto me tenía obsesionada y lo pasaba verdaderamente mal. No paraba de darle vueltas todo el santo día “¿y si me escuchan mis compañeros y/o el profesor?” “¿Qué voy a hacer?” “¡Qué vergüenza!” “¡Se reirán de mí!”. Esto era un sin vivir. Y como suele pasar con este tipo de cosas, empezaba el efecto bucle. Como no paraba de pensar “a ver si me suena…” ¿qué pasaba? Pues que me comenzaba a sonar. Y cuanto más me sonaba, más nerviosa me ponía y así sucesivamente.

Normalmente solía controlarlo, pero un día de finales del año 2003, estando en clase, concretamente durante un examen, que era la situación que más temía dado el silencio sepulcral que reina en estas ocasiones, después del ruido reiterado ya no pude más. Tuve que levantarme y decirle a la profesora que me encontraba fatal y que si podía salir a tomarme un paracetamol, no sé para qué, supongo que necesitaba alguna excusa para salir de allí cagando leches.

Encontrar un paracetamol fue más complicado de lo esperado, pero lo conseguí. También es cierto que intenté retrasar el momento de regreso a clase lo máximo que pude. Una vez de vuelta y con la profesora “preocupada” por mi “huida”, terminé el examen a trancas y barrancas y me largué. Recuerdo terminar en la cafetería de la escuela con una tila entre las manos y todavía temblando por la nefasta experiencia. Porque a todo esto hay que añadirle lo imbécil que me sentía por liar semejante numerito. Pensaba que la profesora me estaría tomando por loca. ¡Yo misma me estaba tomando por loca!

Después de aquello, el volver a clase se había convertido en todo un trauma. Al final terminé dejando los estudios, pero no por este problema en concreto, aunque sumó bastantes puntos a la decisión.

Si te estás preguntando por qué motivo lo hice fue porque salí quemadísima del bachillerato, los estudios que había escogido (que eran Diseño y Producción Editorial) no me gustaban nada en absoluto, no eran lo que me esperaba vaya, y necesitaba un respiro, apartar la vista de los libros y los apuntes un tiempecito y retomarlo más adelante cuando hubiera aireado la mente y encontrado algo que me satisficiera de verdad estudiar. Tiempo después me daría cuenta de que esto iba a ser más complejo de lo que yo creía.

De este modo, a los pocos meses me puse a trabajar por primera vez en mi vida.

Bienvenido/a a mi mundo

¡Hola!

Primero de todo, gracias por invertir tu tiempo en pasarte por mi casa ¡muchas gracias! 🙂 Espero y deseo que la información que comparta sea de tu interés o de ayuda, del mismo modo que va a ser de ayuda para mí el compartir mi historia contigo. Así que… ¡comencemos!

Soy una chica de Barcelona, España. Tengo 31 años y desde el año 2004 sufro de trastorno de ansiedad generalizada, depresión leve y desde 2012 también tengo el magnífico añadido de la agorafobia, que es fantástica de la vida.

Ya que actualmente el tema de la ansiedad está a la orden del día en la vida de muchísimas personas alrededor del mundo y hay infinidad de páginas en Internet y videos en Youtube de personas que han logrado superarla, yo quería hacer algo distinto y es simplemente el compartir mi día a día estando dentro de esta enfermedad, como la vivo y como la sobrellevo.

Así que si te sientes identificado conmigo (o no) y quieres seguirme en este arduo camino de superaciones constantes ¡bienvenido/a!

¡Nos vemos! 🙂