Mi primera vez

Todavía recuerdo, como si de ayer se tratase, la primera vez que la ansiedad se manifestó en mí. Lo expreso de esta manera porque lo que se entiende como ataque de ansiedad, propiamente dicho, no me sobrevendría hasta pasado un tiempo. Aunque si me paro a pensarlo detenidamente creo que la ansiedad lleva conviviendo conmigo más tiempo del que quisiera.

Cabe decir que soy nerviosa por naturaleza (se sobreentiende padeciendo de ansiedad xD), pero de manera interna, quiero decir, que soy de las que se tragan los nervios y luego éstos se quedan atascados entre el esófago y el estómago, para que nos entendamos. Y créeme, esto a largo plazo, es matador.

En mi época de instituto, creo que comenzó a pasarme con dieciséis años, me sonaban mucho las tripas y también tenía gases abdominales. Y te estarás preguntando “¿te peías en medio de la clase?”. Pues no. Pero la barriga me sonaba de tal manera que realmente parecía que lo estuviera haciendo. Era una situación extremadamente irracional y vergonzosa para mí.

Empezaron siendo simples rugidos de tripas (por hambre) y fue en aumento. Esto me tenía obsesionada y lo pasaba verdaderamente mal. No paraba de darle vueltas todo el santo día “¿y si me escuchan mis compañeros y/o el profesor?” “¿Qué voy a hacer?” “¡Qué vergüenza!” “¡Se reirán de mí!”. Esto era un sin vivir. Y como suele pasar con este tipo de cosas, empezaba el efecto bucle. Como no paraba de pensar “a ver si me suena…” ¿qué pasaba? Pues que me comenzaba a sonar. Y cuanto más me sonaba, más nerviosa me ponía y así sucesivamente.

Normalmente solía controlarlo, pero un día de finales del año 2003, estando en clase, concretamente durante un examen, que era la situación que más temía dado el silencio sepulcral que reina en estas ocasiones, después del ruido reiterado ya no pude más. Tuve que levantarme y decirle a la profesora que me encontraba fatal y que si podía salir a tomarme un paracetamol, no sé para qué, supongo que necesitaba alguna excusa para salir de allí cagando leches.

Encontrar un paracetamol fue más complicado de lo esperado, pero lo conseguí. También es cierto que intenté retrasar el momento de regreso a clase lo máximo que pude. Una vez de vuelta y con la profesora “preocupada” por mi “huida”, terminé el examen a trancas y barrancas y me largué. Recuerdo terminar en la cafetería de la escuela con una tila entre las manos y todavía temblando por la nefasta experiencia. Porque a todo esto hay que añadirle lo imbécil que me sentía por liar semejante numerito. Pensaba que la profesora me estaría tomando por loca. ¡Yo misma me estaba tomando por loca!

Después de aquello, el volver a clase se había convertido en todo un trauma. Al final terminé dejando los estudios, pero no por este problema en concreto, aunque sumó bastantes puntos a la decisión.

Si te estás preguntando por qué motivo lo hice fue porque salí quemadísima del bachillerato, los estudios que había escogido (que eran Diseño y Producción Editorial) no me gustaban nada en absoluto, no eran lo que me esperaba vaya, y necesitaba un respiro, apartar la vista de los libros y los apuntes un tiempecito y retomarlo más adelante cuando hubiera aireado la mente y encontrado algo que me satisficiera de verdad estudiar. Tiempo después me daría cuenta de que esto iba a ser más complejo de lo que yo creía.

De este modo, a los pocos meses me puse a trabajar por primera vez en mi vida.

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